Hoy tenemos la colaboración de una relatora muy interesante. Se trata de Inés Aguirre, hija del gran Poeta Argentino Raúl Gustavo Aguirre.
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Raúl Gustavo Aguirre (1927 - 1983)es.wikipedia.org/wiki/Raúl_Gustavo_Aguirre |
El relato de Inés me pareció encantador y ojalá lo continúe pues es solo una parte de la vida de Doña Rosita.
Gracias Inés por colaborar en este blog dedicado a los relatos!!
Va el relato:
DOÑA ROSITA
I. GENIO Y FIGURA
I. GENIO Y FIGURA
Todavía
me parece verla, preparándose para llevarme a pasear, parada frente al espejo del diminuto baño,
acomodándose con los enormes dedos artríticos las mechas sueltas del pelo
grisáceo que se escapaban del rodetito
de la nuca, pintándose exageradamente con un rosa fuerte los labios y los
pómulos.
Los ojos pequeños y vivaces contrastaban con
una enorme nariz aguileña. Delgada, de mediana estatura, siempre elegantemente
vestida, podría decirse que el conjunto resultaba una caricatura, sí, es
posible, así era Doña Rosita, una tierna e inolvidable caricatura familiar.
En
realidad se llamaba Inés Rosa Lydia, su familia
le decía “doña Inés”, los nietos
“abuelita Inés”, pero alguien con mucho sentido del humor la empezó a llamar
Doña Rosita porque era todo un personaje y para mí ese nombre le calzaba a la
perfección.
Era mi abuela paterna y se podría decir que el simple hecho de que diera a luz a un
gran poeta la hizo importante. No es que
ella se sintiera así, todo lo contrario, creo que para ella tener un hijo poeta
era lo más natural del mundo. Así tomaba todo en la vida, con una naturalidad
casi pasmosa.
De
carácter difícil, era imposible hacerla cambiar de opinión ni que accediera a
hacer lo que no quería. Tantos años de
vivir sola habían acentuado esa tendencia y eran pocas las personas a las
cuales no irritaba. Por otro lado, era una persona sumamente alegre y generosa,
siempre dispuesta al regalo. Nunca,
mientras pudo, se fijaba en gastos, tanto para ella como para sus seres
queridos, siempre daba lo mejor.
Doña
Rosita vivía en un diminuto departamento de dos ambientes en el centro, en la Avenida Corrientes
y Maipú, un hermoso edificio que supo tener épocas mejores, escaleras de
mármol, ascensores con rejas trabajadas, pisos de baldosas decoradas, molduras,
en fin, cosas de otra época. Ya para los años en que yo la visitaba, casi no
había gente viviendo en él, la mayoría eran oficinas, por lo cual mi abuela se
quedaba prácticamente sola en ese inmenso edificio los fines de semana. El
departamento era interno, las pocas ventanas daban a patios oscuros y no
dejaban ver más que un ínfimo pedacito de cielo. Allí siempre era invierno,
siempre de noche. Cocinaba en una pequeña cocina eléctrica y se movía alegre en
ese metro cuadrado con la puerta
siempre abierta (la cocina tenía entrada independiente) pese a los
ruegos de mi padre quien temía por su seguridad. Igual no hacía caso, ése era todo su contacto
con el mundo exterior los días en que permanecía en casa.
La soledad no parecía pesarle, pero tenía un
secreto: se había inventado una novela que parecía sacada de la radio con unos
vecinos imaginarios en el piso de arriba. Este tema era siempre motivo de
bromas familiares y también de discusiones ya que algunos opinaban que había
que sacarla de su error y otros, como mi padre, sabían que esas historias la
ayudaban a no sentirse tan sola. Casi podría decirse que esa novela era su
razón diaria de vivir y le daba argumentos para contar esa extraña historia a
quien quisiera escucharla. Claro, no lo dije, a mi abuela le encantaba hablar,
tanto que también hablaba sola!
La
historia que siempre contaba, con algunas variantes y aditamentos según sus
años avanzaban, era la siguiente: en el
piso de arriba vivía una pareja con un hijo retardado, el padre estaba siempre
borracho, por la noche venía gente, se armaba la timba, al pobre chico nunca lo
sacaban. Lo increíble es que según como contaba la historia, parecía que ella
veía y escuchaba a través de las paredes, tal era la cantidad de detalles que
daba. –Vieja, ¿tenés el techo de cristal? –bromeaba mi padre.
Lo
que mas la obsesionaba era que, decía ella, por la noche se la pasaban “tirando
de la cadena” porque “estaban siempre descompuestos”, y eso le impedía dormir
por los ruidos molestos. La realidad era que el departamento de arriba estaba
desocupado, había estado ocupado una vez por una familia y al parecer mi abuela
se había quedado en el tiempo, como si los años no pasaran ni para ella ni para
los vecinos. Era inútil que el portero le dijera eso hasta el cansancio, ella
decía que estaba “confabulado”. Se ofendía terriblemente cuando alguien osaba
ponerla frente a esa verdad. Con el tiempo, todos la dejamos seguir con esta
historia, total, no hacía mal a nadie y le daba motivos para entretenerse.
Recuerdo que con el palo de la escoba golpeaba el techo “para hacerlos callar”:
de pronto se ponía un dedo en la boca como para que yo hiciera silencio y me
decía: “ves, ahí están jugando otra vez”, o “le están pegando al pobre chico,
habría que llevarlos presos” y otras cosas por el estilo. Yo asentía y me reía
mucho para mis adentros: ¡qué chiflada está mi abuelita, pensaba, pero cuanto
la quiero!
Además
de este curioso folletín, otras cosas mundanas interesaban visceralmente a mi abuela:
la política y el fútbol.
Antiperonista
acérrima, bastaba nombrarle al “general” para recibir una interminable retahíla
de insultos, sermones y otras yerbas. A tal punto era su disgusto con este
tema, que lo primero que preguntaba al conocer a una persona era: ”¿Ud no será
peronacho no?” Escuchaba la radio todo el día, principalmente Radio Colonia. Si
todavía me parece escuchar el consabido estribillo del noticiero “las últimas
noticias para este boletín”…
El
fútbol, su otra pasión. No se perdía la transmisión de un partido de River ni
programa deportivo de la radio y en esos años, era fanática de un tal
“Ramoncito Diaz”: vas a ver, me decía, ese muchacho promete. Sabía tanto que
podía discutir en pie de igualdad con cualquier hombre con quien hablara de
fútbol.
La
televisión casi no le interesaba, recién tuvo una cuando yo era adolescente y
lo curioso era que compartíamos el gusto por las novelas de Alberto Migré. Si
hasta estaba enamoradísima de Arnaldo André, famoso actor de telenovelas de los
años 70, tanto que me llevó al teatro a verlo y guardaba una foto arrancada de
una revista en un cajón de su mesa de luz. Parecía una adolescente como yo: “ese
paraguayito es divino”, decía.
Así
vivía Doña Rosita, una solitaria a la que la soledad no alcanzaba, tanta vida
interior creaba mucha vida exterior. Siempre alegre, siempre vital, jamás la ví
enferma, jamás la oí hablar de vejez o de muerte, parecía vivir una juventud
eterna.
Continuará….
Inés:
ResponderEliminarMe encantó Doña Rosita!!! Espero que te animes y escribas una segunda parte. Gracias!!!